San Juan Pablo II
Novena · 9 días
San Juan Pablo II, Karol Wojtyła, nacido en Polonia y elegido Papa en 1978, fue uno de los grandes testigos de Cristo en nuestro tiempo. Conoció de joven la pérdida de su madre, de su hermano y de su padre, y vivió bajo la dura sombra de la guerra y de regímenes que perseguían la fe; sin embargo, de esa tierra de sufrimiento brotó un corazón inmenso, capaz de recorrer el mundo entero proclamando con voz firme: «¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!». Apóstol de los jóvenes, amigo de las familias y testigo encendido de la Divina Misericordia, llevó el Evangelio a todos los rincones de la tierra y nos enseñó, sobre todo en la enfermedad y el sufrimiento de sus últimos años, que también el dolor ofrecido a Dios puede convertirse en oración. Por eso tantas personas acuden hoy a su intercesión: cuando el miedo aprieta, cuando la fe flaquea, cuando una familia o un joven necesitan luz, o cuando el sufrimiento parece no tener sentido.
Una novena es una oración que se ofrece a lo largo de nueve días, una pequeña escuela de confianza y perseverancia. No es una fórmula mágica ni un modo de arrancarle a Dios un resultado; es el corazón que poco a poco se vuelve hacia el Señor, el único que concede toda gracia. San Juan Pablo II no ocupa el lugar de Dios: reza contigo y por ti, llevando tus intenciones ante el trono de Aquel a quien sirvió con toda su vida. Comienza con sencillez, vuelve cada día, y deja que estos nueve días enseñen a tu corazón a apoyarse en el Señor con paciencia y confianza.
Día 1 · No tengas miedo
El primer día de su pontificado, San Juan Pablo II gritó al mundo entero: «¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!». No lo decía desde la comodidad, sino desde un corazón que había conocido la guerra, la orfandad y la opresión. Hoy él te repite esas mismas palabras. Pon nombre a aquello que hoy te asusta y, en lugar de cerrar la puerta, ábrela un poco a Cristo.
No se te pide dejar de sentir miedo, sino dejar de gobernar tu vida desde él. Da un solo paso de confianza, por pequeño que sea, sabiendo que no caminas solo.
San Juan Pablo II, tú que enseñaste al mundo a no tener miedo, intercede hoy por mí ante el Señor. Pídele que abra de par en par las puertas de mi corazón a Cristo, también aquellas que el temor mantiene cerradas.
Padre, Tú no me has dado un espíritu de miedo, sino de fortaleza, de amor y de buen juicio. Donde me sienta tentado a esconderme o a paralizarme, dame el valor de confiar en Ti. Donde el temor me grite que estoy solo, recuérdame que Tú estás conmigo.
Que como tu siervo Juan Pablo, aprenda a apoyarme no en mis fuerzas, sino en tu fidelidad, que nunca falla a quienes te buscan.
En el silencio de tu corazón, presenta tu intención ante Dios.
Amén.
San Juan Pablo II, ruega por nosotros.
Día 2 · Apóstol de los jóvenes
Pocos amaron a los jóvenes como San Juan Pablo II. Reunía a multitudes inmensas y, en lugar de regañarlas, les confiaba lo más alto: «Vosotros sois la esperanza de la Iglesia, vosotros sois mi esperanza». Creía que cada joven lleva dentro un deseo de grandeza que sólo Cristo puede colmar. Hoy, seas joven o no, deja que esa confianza te alcance.
Dios no te llama a una vida mediocre ni a contentarte con menos de lo que tu corazón anhela. Pregúntate con sinceridad: ¿qué sueño bueno he dejado dormir por miedo o por comodidad?
San Juan Pablo II, amigo y apóstol de los jóvenes, intercede por mí y por todos los que buscan su camino. Pide al Señor que despierte en nosotros el deseo de vivir en grande, sin conformarnos con menos de lo que Él sueña para cada uno.
Padre, Tú nos creaste para algo hermoso y no nos dejas solos en la búsqueda. Sana en mí el desánimo y la pereza del corazón, y reaviva la esperanza allí donde la había dado por perdida.
Ayúdame a no tener miedo de seguirte de verdad, sabiendo que sólo en Ti encuentra descanso lo más hondo de mi ser.
En el silencio de tu corazón, presenta tu intención ante Dios.
Amén.
San Juan Pablo II, ruega por nosotros.
Día 3 · Testigo de la Divina Misericordia
San Juan Pablo II llevó al mundo entero el mensaje de la Divina Misericordia, recibido de su compatriota Santa Faustina. Instituyó la fiesta de la Misericordia y nos recordó que ningún pecado es demasiado grande para el perdón de Dios. Él, que había visto tanto mal de cerca, creyó hasta el final que la misericordia es más fuerte.
Quizá hoy cargas con una culpa que no te atreves a soltar, o te cuesta perdonar a otro. Acércate a la fuente: Dios no se cansa de perdonar. Deja que su misericordia te alcance, y pide la gracia de ofrecerla también tú.
San Juan Pablo II, testigo incansable de la Divina Misericordia, intercede por mí ante el Corazón misericordioso de Cristo. Pide que confíe en su perdón más que en mis propias culpas, y que no ponga límites a una misericordia que no los tiene.
Jesús, en Ti confío. Tú no viniste a condenar, sino a salvar; lava lo que en mí está manchado, sana lo que está herido y reconcilia lo que está roto. Donde guardo rencor, enséñame a perdonar como Tú me perdonas a mí.
Que mi corazón, tocado por tu misericordia, se vuelva también él fuente de misericordia para los demás.
En el silencio de tu corazón, presenta tu intención ante Dios.
Amén.
San Juan Pablo II, ruega por nosotros.
Día 4 · Defensor de la familia
San Juan Pablo II amó profundamente a las familias y las llamó «el camino de la Iglesia». Sabía, por su propia historia marcada por la pérdida temprana de los suyos, lo precioso y lo frágil que es el amor en el hogar. Defendió el matrimonio, la vida y la ternura entre esposos, padres e hijos como un reflejo del amor de Dios.
Hoy reza por tu familia, tal como es, con sus heridas y sus alegrías. Pide por quienes amas, por las relaciones tensas o distantes, y ofrece un gesto concreto de paz a alguien de tu casa.
San Juan Pablo II, defensor y amigo de las familias, encomiendo a tu intercesión a todos los que amo. Lleva ante el Señor mi oración por mi familia, por sus heridas y por su necesidad de paz, perdón y ternura.
Padre, Tú quisiste nacer en una familia humana y conoces sus alegrías y sus pruebas. Sana las relaciones rotas, sostén a los matrimonios cansados, protege a los niños y consuela a quienes se sienten solos en su propio hogar.
Haz de mi casa, Señor, un lugar donde tu amor se haga visible en gestos sencillos de paciencia, perdón y cariño.
En el silencio de tu corazón, presenta tu intención ante Dios.
Amén.
San Juan Pablo II, ruega por nosotros.
Día 5 · El Papa peregrino
San Juan Pablo II recorrió el mundo como ningún Papa antes que él, llevando el Evangelio a pueblos lejanos, a jóvenes y ancianos, a ricos y pobres. Era un peregrino infatigable porque sabía que la fe no se guarda, se comparte. Su vida fue un constante salir al encuentro de los demás.
También tú estás de camino, y tu fe no está hecha para quedarse encerrada. Piensa en alguien que necesita una palabra de aliento o un testimonio sencillo de esperanza. No hace falta cruzar el mundo: basta dar un paso hacia quien tienes cerca.
San Juan Pablo II, Papa peregrino que llevaste a Cristo hasta los confines de la tierra, intercede por mí para que no guarde la fe sólo para mí mismo. Pide al Señor que me dé el valor de compartir su esperanza con quienes me rodean.
Padre, Tú envías a tus hijos a anunciar tu amor con la vida más que con las palabras. Líbrame del miedo al qué dirán y de la comodidad que me encierra. Haz de mí un testigo sencillo y alegre de tu bondad.
Que mi camino, como el de tu siervo Juan Pablo, sea un continuo salir al encuentro de los demás para acercarlos a Ti.
En el silencio de tu corazón, presenta tu intención ante Dios.
Amén.
San Juan Pablo II, ruega por nosotros.
Día 6 · El sufrimiento ofrecido a Dios
En sus últimos años, San Juan Pablo II se mostró ante el mundo encorvado, tembloroso, incapaz ya de hablar con claridad. No escondió su debilidad; la ofreció. Aquel hombre fuerte y vigoroso enseñó entonces su lección más profunda: que el sufrimiento, unido a la cruz de Cristo, no es inútil ni vergonzoso, sino fecundo.
Quizá hoy cargas un dolor del cuerpo o del alma que quisieras quitarte de encima. No estás obligado a entenderlo todo. Intenta, sencillamente, poner ese peso en las manos de Dios y ofrecerlo, unido al de Jesús, por alguien que también sufre.
San Juan Pablo II, que en la enfermedad y la debilidad de tus últimos años nos enseñaste a sufrir con dignidad y esperanza, intercede por mí cuando el dolor me supere. Pide al Señor que ningún sufrimiento mío quede perdido, sino que se una al suyo y dé fruto.
Señor Jesús, Tú cargaste la cruz por amor y no la rehuiste. Cuando no comprenda mi dolor, dame la confianza de ponerlo en tus manos. Que mi debilidad sea un lugar donde tu fuerza se manifieste.
Enséñame a ofrecer lo que padezco por los demás, sabiendo que en tu cruz nada se pierde y todo se transforma.
En el silencio de tu corazón, presenta tu intención ante Dios.
Amén.
San Juan Pablo II, ruega por nosotros.
Día 7 · Devoto de la Virgen María
«Totus tuus», todo tuyo, fue el lema que San Juan Pablo II eligió para entregarse por completo a María. A ella atribuyó haber sobrevivido al atentado que casi le costó la vida, y en ella encontró siempre una Madre que lo sostenía. Su confianza filial era sencilla y total, como la de un hijo.
También a ti se te ofrece esa misma Madre. No tienes que afrontar la vida como huérfano. Hoy entrega a María alguna preocupación concreta y déjala en sus manos, confiando en que ella te lleva siempre hacia su Hijo.
San Juan Pablo II, que te entregaste por entero a María diciendo «todo tuyo», intercede para que yo aprenda esa misma confianza filial. Pide a la Virgen que me tome de la mano y me conduzca, sin miedo, hasta su Hijo Jesús.
Madre santísima, tú que estuviste al pie de la cruz y no abandonaste a tu Hijo, no me abandones a mí. En tus manos pongo aquello que hoy me inquieta, seguro de que tú cuidas de tus hijos con ternura de Madre.
Llévame, como llevaste a tu siervo Juan Pablo, a vivir cada día más cerca del corazón de Cristo.
En el silencio de tu corazón, presenta tu intención ante Dios.
Amén.
San Juan Pablo II, ruega por nosotros.
Día 8 · La esperanza más fuerte que el mal
San Juan Pablo II vivió el siglo de las grandes ideologías y de la violencia, y vio caer muros que parecían eternos. Nunca se dejó vencer por el pesimismo. Creía que la última palabra no la tiene el mal, sino el amor de Dios, y que la historia, por oscura que parezca, está en manos del Padre.
Tú también miras a veces el mundo, o tu propia vida, con desánimo. Hoy él te invita a no rendirte a la desesperanza. Donde veas oscuridad, busca una sola señal de bien, agradécela, y confía en que Dios sigue escribiendo derecho aun en lo torcido.
San Juan Pablo II, que mantuviste viva la esperanza en medio de un siglo herido por el mal, intercede por mí cuando me venza el desánimo. Pide al Señor que afiance mi confianza en que su amor es más fuerte que cualquier oscuridad.
Padre, Tú sostienes la historia y mi propia vida con manos de Padre. Cuando todo me parezca perdido, recuérdame que de tu cruz brotó la resurrección. Líbrame de la tristeza que paraliza y dame una esperanza que no defraude.
Que no me canse de creer en el bien, ni de trabajar por él, confiando en que Tú llevas todo a su plenitud.
En el silencio de tu corazón, presenta tu intención ante Dios.
Amén.
San Juan Pablo II, ruega por nosotros.
Día 9 · Entregarlo todo en manos de Dios
En este último día, la novena se cierra como un círculo. Comenzamos escuchando «no tengas miedo»; terminamos poniéndolo todo en las manos de Dios. San Juan Pablo II afrontó así su propia muerte, sereno, repitiendo que se le había abierto la puerta de la Casa del Padre. Toda su vida fue una entrega, hasta el final.
Aquello que has cargado durante estos nueve días, déjalo ir ahora al cuidado de Dios, que te ama más de lo que puedes imaginar. No necesitas ver el resultado; sólo confiar en Aquel que lo sostiene todo.
San Juan Pablo II, que has rezado conmigo y por mí a lo largo de estos nueve días, lleva mis intenciones una vez más ante el trono de Dios. Pídele que reciba todo lo que he traído, y también aquello para lo que no he encontrado palabras.
Padre, en tus manos encomiendo mis esperanzas, mis miedos y a las personas que amo. Como tu siervo Juan Pablo al final de su vida, quiero decirte sin miedo: hágase tu voluntad, porque Tú deseas mi bien más que yo mismo.
Lo que concedas y lo que me niegues, déjame recibirlo con confianza, sabiendo que sólo Tú eres bueno, y que yo soy tuyo.
En el silencio de tu corazón, presenta tu intención ante Dios.
Amén.
San Juan Pablo II, ruega por nosotros.
Oración final
Padre, te doy gracias por el don de estos nueve días y por San Juan Pablo II, cuya intercesión ha acompañado mi oración. Él no ha sido mi salvador, pues sólo Tú eres la fuente de toda gracia; y sin embargo, a través de su fiel oración ante Ti he sido atraído más cerca de tu corazón. Por su auxilio, y sobre todo por tu cercanía, te doy gracias.
Concédeme ahora perseverancia en el camino que viene. Aumenta mi fe cuando no pueda ver, mi esperanza cuando el camino se haga largo, y mi amor cuando me cueste algo. Que, como tu siervo Juan Pablo, no tenga miedo de abrir las puertas de mi vida entera a Cristo.
En tus manos pongo todas mis intenciones, las que tienen nombre y las que no lo tienen, junto con todos los que he llevado en mi oración. Haz con ellas según tu sabiduría y tu misericordia, pues confío en que deseas mi bien mucho más que yo mismo. Escúchame por la intercesión de San Juan Pablo II, y llévame por fin, con él y con todos los santos, a alabarte para siempre. Amén.